El tren salía con retraso. Sólo eran cinco minutos, ¿qué son cinco minutos de una vida? Esto es lo que rondaba por la cabeza de Lina. Acabada la jornada laboral, cansada, se había subido al tren que la llevaría a su casa.
Cinco minutos, 300 segundos. ¿Cuantas veces late el corazón en cinco minutos?¿Cuantas veces respiramos?
El tren de cercanias era de los nuevos, de esos que llevaban pantallas donde se veía el destino final y las paradas estaban marcadas a lo largo de una linea. Lina al verlo se acordó de aquellos problemas de trenes del colegio: "Si un tren sale de A. a 50 km/hora y otro sale de B. a 70 km/hora...". Sonrió. Se dió cuenta entonces de que una nueva linea estaba emergiendo en su frente. "Vaya, otra arruga" pensó, y la recorrió lentamente con un dedo. Otra más, ¿Cuantas iban ya? Aún no eran muchas, pero allí estaban. ¿Cuando habían salido? Lina cerró los ojos y abrió la puerta del desvan de sus recuerdos.
Allí pudo ver las pisadas que había dejado en el polvo de los años. Las cajas se amontonaban, cada una rotulada con recuerdos, sueños, ilusiones. No entraba muy a menudo, la verdad es que no le gustaba estar allí. Telarañas de tristeza llenaban los rincones.
Notó como el tren se ponía en marcha. La voz metálica de la megafonía dijo: "Bienvenidos al tren de cercanías con destino... Este tren efectúa parada en todas las estaciones de su recorrido"
Sin abrir los ojos, notó el tirón de la aceleración. En el desván, a la derecha, las cajas de su infancia. Los rotulos, casi borrados por el tiempo. Lina no resistió el impulso de abrir una al azar. Vaya, era la caja de los Reyes Magos. En su interior juguetes cargados de desilusiones, de deseos no cumplidos. Los ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Estaba en un tren ¿como iba a ponerse a llorar?
"Proxima parada, ..." cantó la megafonía. Sin pensarlo, Lina cogió la caja que acababa de abrir y la tiró en el anden a través de la puerta abierta del tren. Los demás pasajeros no la miraron, cada uno a lo suyo. Esa era la consigna, la norma no escrita.
Lina notó como respiraba un poco mejor. Incluso parecia más ligera. No estaba mal aquello de tirar cajas. "Hagamos limpieza de primavera", pensó. En el desván la siguiente caja eran recuerdos de su adolescencia, de su juventud. Ahí estaba la sensación de ser diferente, rara. A su lado las decepciones de primeros amores. Y la soledad.
"Próxima parada..." ¡Caja fuera!
La caja de su matrimonio fue la siguiente. Era mucho más grande y pesada. Ni siquiera la abrió, ¿para qué? Los recuerdos de esa caja eran recientes, tenía las cicatrices recientes y alguna herida abierta aún. Fuera. La caja se rompió al chocar con el anden. Los recuerdos reptaron como culebras buscando otra madriguera oscura.
Lina se miró las manos. Veía la sangre circular por sus venas, alegre, cantarina. A su alrededor en el desván aún quedaban cajas por abrir y revisar. Ahi estaba la caja de su vida laboral. Dentro se amontonaban nóminas manchadas de ansiedad. Los trozos de sueños rotos ocupaban los rincones amenazando con provocar nuevas heridas. Con cuidado pero con decisión lanzó la caja en cuanto se abrió la puerta del vagón.
Se pasó los dedos por la frente. Casi como si de un anuncio de cremas milagrosas se tratase, las arrugas habían ido desapareciendo. Las nuevas y otras más antiguas, esas que habían pasado a ser parte del reflejo en el espejo.
"Bueno, ¿que queda por aquí?". En el desván, antes oscuro, ahora empezaba a haber luz. Lina se notaba más ligera, el aire la llenaba por completo, la luz se reflejaba en ella.
Una caja con recuerdos de la infancia de sus hijos llamó su atención. Dentro, la responsabilidad y el peso de las dudas y el temor de equivocarse llenaban casi por completo la caja. Voló por la puerta nada más entrar en la estación. Así, sin pensarlo dos veces.
Ahora se sentía ligera. Ya faltaba pocopara llegar a su destino, la siguiente parada del tren era la suya.
En el desvan de su mente, Lina puso musica y empezó a bailar. Ahora había espacio suficiente para ello. Fué abriendo las ventanas, el aire llenó la estancia. Era un aire de primavera, de esos que traen olor a azahar y jazmín.
"Próxima parada..." Lina no se movió de su asiento. El tren paró, la gente bajó y subió, cada uno a lo suyo. Se cerraron las puertas con su pitido de advertencia. El tren se puso en marcha.
Lina en su asiento, sin moverse de su desván, abrió un armario y sacó un vestido enfundado en su bolsa protectora. Había estado guardado ahí durante años, esperandola. Lo sacó y se lo probó. Como un guante se amoldó a su nuevo y ligero cuepo.
El tren siguió su camino y Lina en él, con su vestido de esperanza.